Hombre, razón, fe

Es común pensar que el acto de fe es un acto esencialmente irracional.

De hecho, a menudo se dice que donde hay fe, la razón debe ser excluida y viceversa. Nada podría estar más lejos de la verdad, pero intentemos aclarar qué es la fe y así eliminar algunos prejuicios.

La razón es una facultad cognitiva con la que el hombre está dotado, es aquella por la cual el hombre supera en excelencia a los demás seres. Hablando esquemáticamente, podemos decir que hay actos de conocimiento:

  • directo e inmediato. Esta es la experiencia original que subyace a todos los demás conocimientos (lo que una determinada escuela de pensamiento llama sentido común).
  • directo, pero mediado. Esta es la inferencia, el razonamiento con el que una consecuencia se deriva de una o más premisas;
  • finalmente indirecto, ese es el conocimiento de realidades no evidentes a las que llegamos a través de un testigo. Puede referirse a objetos naturales (hechos históricos, cultura, pensamientos de otros) o hechos sobrenaturales (fe en el Apocalipsis).

Detengámonos justamente sobre el tercer punto. En el acto de fe la situación en la que se encuentra el sujeto cognoscente es la imposibilidad de alcanzar una determinada realidad que él quiere conocer y, de hecho, el fenómeno de la fe ‘se da toda vez que el testimonio de otro lleva/conduce a un sujeto a la certeza en relación con un objeto que no le era evidente’ (Livi, 2008, p. 165), y si este conocimiento está vinculada con la duda y el riesgo, en cuanto que concierne/tiene relación/depende del testimonio de un hombre, ya que el hombre en cuanto ser finito puede errar o mentir, en la fe cristiana el testigo no es hombre cualquiera, sino el mismo Verbo de Dios, y es por eso que «está más seguro de su existencia»: es «la Primera Verdad que habló» ( J. Maritain). La certeza de la que habla Maritain, en el pasaje recién citado, se basa obviamente en la conciencia «de que la racionalidad del acto de fe en la revelación divina implica la función crítica de la razón humana, es decir, el escrutinio racional de la credibilidad de la proposición (su no contradicción, a la luz de las leyes metafísicas y lógicas), y antes de eso el escrutinio racional de la credibilidad del testigo» (A. Livi, Razionalità della fede nella Rivelazione, Leonardo da Vinci, Roma 2005, p. 105).

En este sentido, el acto de fe no es un salto en el absurdo, sino una adhesión a Dios hecha con inteligencia: «la fe, en el sentido bíblico, es una inteligencia, el acto supremo de inteligencia que ha sido capaz de discernir los signos que Dios propone. La fe es una adhesión de la inteligencia a la verdad de Dios, manifestada con signos inteligibles y tangibles. Ningún salto cualitativo en lo absurdo. Hay discernimiento de signos e inteligencia de significado» (C. Tresmontant, Fideismo e razionalità della fede, en “Studi Cattolici”(1967), pp. 410-425).

Que la fe no se oponga a la razón es, por lo tanto, evidente y está aún más claro desde el mismo evento de la Encarnación: Dios se acerca al hombre y sería absurdo pensar que esta reunión sea incomprensible. De hecho, la Primera Verdad no es engañada ni puede engañar, Él es la fuente tanto de la razón como de la fe y si entre los dos hubiera oposición, habría una contradicción en la acción de la Primera Verdad (Dios) que es claramente imposible.

Tomás habla de este acuerdo cuando observa que «los principios arraigados naturalmente en la razón son tan ciertos que ni siquiera es posible pensar en ellos como falsos; ni, por otro lado, no es posible creer que la fe, que Dios ha confirmado tan claramente, sea falsa. Por lo tanto, dado que la falsedad por sí solo es contrario a la verdad, como se desprende claramente de su definición, es imposible que la verdad de la fe sea contraria a aquellos principios que la razón conoce naturalmente» (Tomás de Aquino, Liber de veritate catholicae fidei, I, 7).

Por lo tanto, es necesario combatir el prejuicio que ve a la fe opuesta a la razón y restablecer un equilibrio que ahora se ha perdido. Es necesario combatir el prejuicio que quiere una razón debilitada o distorsionada debido a la fe en Apocalipsis, un prejuicio que llevó a un pensador del siglo XX, de gran influencia, como Martin Heidegger, a decir que el filósofo deja de ser filósofo si habla de filosofía cristiana, porque es como hablar de un “hierro de madera”, es decir, algo manifiestamente contradictorio.

Giovanni Covino

Revisión del texto en español por Thomas Rego (Universidad Adolfo Ibáñez, Chile)

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